“La huella que dejamos para toda la vida”
Conversamos con educadoras de los programas Montevideo, Canelones y Florida, que nos cuentan su experiencia luego de realizar la carrera de Educador en Primera Infancia del Centro de Formación y Estudios del INAU (Cenfores).
“La formación nos ha cambiado un montón en el trabajo diario”, cuenta Liliana, educadora del Espacio de Desarrollo Familiar (EDF) Avenida de Florida. “Te cambia la perspectiva totalmente. Volvés acá y modificás un montón de prácticas”, añade Viviana, educadora del CAIF Tranvía del Oeste de Montevideo. La experiencia de las educadoras luego de su paso por la formación en primera infancia tiene un denominador común: centrarse en los/as niños y niñas y en sus necesidades de experimentación e investigación.
Las actividades en la sala se van planteando a partir de las observaciones de las educadoras sobre los intereses que los/as niños/as manifiestan, y que van desde proyectos vinculados al movimiento y al juego, pasando por investigar insectos del jardín o la vida de los caballos, hasta descalzarse para tomar contacto con distintas texturas y trabajar las sensaciones.
Se concibe a la educación como un constante descubrimiento que se arraiga a la experiencia, como un proceso que contempla sus inquietudes y que a la vez les abre las puertas a aprender matemáticas, biología o idioma español desde un enfoque menos rígido y más cercano.
“En mi caso —cuenta Rosanna, educadora de Avenida— están trabajando con los muñecos, tema que salió por su propio interés. Ahí puedo abordar la parte de alimentación, la higiene, el cuidado por el cuerpo. El niño es un ser integral. No lo repartimos en partes como hacemos en la escuela, que se estudia matemáticas por un lado y lengua por otro. Estamos en la primera infancia. Si al niño le damos la libertad de moverse, él va a tener opciones a elegir”.
Al respetar sus identidades y fomentar simultáneamente su independencia y autonomía, la planificación deja de ser una tarea estructurada para adaptarse a lo que plantea cada grupo, a la vez que se convierte en una tarea más disfrutable y efectiva.
“Se planifica, pero si surgen emergentes de cosas que están en la sala no hay que dejarlas pasar. No trabajás tanto lo que está pautado, sino a partir de la visión de ellos y escuchar qué es lo que quieren, lo que están pidiendo, lo que están demostrando. El niño tiene que descubrir por sí mismo, tiene que tener la posibilidad de experimentar”, comenta Viviana.
“Ahora planificamos pensando primero en el niño como persona, qué es lo que trae él, su historia, sus costumbres, el lugar donde vive, hasta lo que come. A partir de eso nosotros colaboramos en su desarrollo”, considera Marcela, educadora de Avenida.
El rol del juego en la primera infancia resulta un elemento clave en la formación: “El juego es una de las necesidades básicas de la primera infancia, y uno de sus principios metodológicos. Además, es un derecho, que es lo más importante”, señala Rosanna. “Antes se decía que el niño iba a los centros a jugar, como que al jugar no aprendía o no hacía nada. Ahora lo vemos de otra manera. Sabemos que mediante el juego el niño aprende”, comenta Liliana, educadora de Avenida.
Señalan que esta concepción de la educación centrada en los intereses de los/as niños y niñas ha hecho cuestionar su propia mirada como educadoras. “Es mirarse hacia adentro, ver todo lo que nos enseñaron también a nosotros, porque venimos con una historia que nos marca, con la educación de antes”, afirma Jacqueline, educadora del EDF La Paz, de Canelones.
“El primer vínculo del niño es la familia”
En esta innovadora dinámica dentro de la sala también juega un papel fundamental el contacto con la familia y su involucramiento: “La educación es de los padres hacia sus hijos. Nosotras aportamos desde nuestro lugar. Se encuentran con una educadora que es flexible, que los habilita, que los acompaña, pero en el proceso que ellos ya traen. Vamos a mostrar otras cosas, abrir el abanico de opciones y posibilidades para que tengan la chance de conocer y elegir”, señala Marcela.
En ese vínculo entre educadoras y familias es como se logra la integralidad en la educación de los/as niños y niñas. “Fuimos aprendiendo a conocer a esa familia, a dialogar con ellos. Es importante ver cómo me voy a acercar yo a ese niño para ofrecerle lo mejor de mí y tratar de construir y construirme yo misma frente a él”, expresa Nancy, educadora del espacio de desarrollo familiar Fátima, de Florida.
Para Viviana, las educadoras cumplen una función de complemento: “Podemos ayudar desde un montón de lados, pero el primer vínculo del niño es la familia”.
Todas coinciden en que la formación no solo les ha hecho repensar los conceptos ya adquiridos sobre los/as niños y niñas y su educación, sino que les ha aportado una visión distinta sobre su rol. “El niño nos veía como algo tan grande… En el mundo de los adultos vamos tan rápido que no nos parábamos a ver todas esas cosas”, reflexiona Nancy. Rosanna agrega: “El tiempo y el ritmo es importantísimo, y más en primera infancia. Si la vivencia del niño de un día en el centro fue significativa, va a permanecer. Es la huella que dejamos para toda la vida”.
Mundo real, juguetes reales
Las educadoras señalan que es importante que se empleen materiales desestructurados, así como elementos de la vida cotidiana. “Si vas a jugar a la cocina, que sea con cosas de la cocina. Ellos viven en un mundo real. ¿Por qué les vamos a proporcionar un mundo fantasioso? ¿Porque son niños?”, se pregunta Rosanna.
Además, señalan la importancia de mantener los elementos de la sala a su altura. “¿Cómo van a descubrir un libro si no está al alcance de ellos? Lo van a tirar, y se va a romper, y se va a ensuciar. Si no se usa, ¿para qué sirve?”, dice Marcela.
Jacqueline agrega: “Si el niño quiere salir con el libro afuera, ¿por qué no puede estar sentado afuera leyendo? Antes lo hubiese pensado. Un libro afuera ni de casualidad”.
