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La crianza positiva como garantía de un desarrollo saludable

1.000 conexiones nuevas por segundo. Esta es la cifra de actividad neuronal a la que puede llegar el cerebro de un bebé. Gracias al avance de la neurociencia, se ha descubierto que los tres primeros años de vida es el período de mayor y más rápido desarrollo de un ser humano. Su conocimiento del mundo, mediado por la experiencia y el contacto con los adultos, resulta central en la constitución de su personalidad. 

En este período esencial de desarrollo es necesario preguntarnos cómo acompañamos el crecimiento en la primera infancia y qué rol desempeñan las instituciones educativas para fortalecer a las familias en sus capacidades de cuidado.

 Ser afectivos es una obligación

“¿Vamos a tomar una cerveza con nuestros amigos de vez en cuando? ¿Tenemos tiempo para dormir? ¿Tenemos tiempo para hablar con nuestra pareja? ¿Tenemos tiempo para tener un espacio en el cual podamos formular la palabra yo?”, se pregunta Pepa Horno, psicóloga y consultora en infancia, afectividad y protección.

La especialista española señala que la crianza positiva “no va de leer un libro”, sino de iniciar un proceso que implica cuestionar la propia infancia y las prácticas que se han dado por válidas para poder así iniciar una transformación de los patrones de relación con los niños.

“El ser humano tiene cinco canales sensoriales básicos. Hay dos que son de supervivencia: el olfato (para identificar la leche materna) y el gusto (para identificar la comida en mal estado). Los otros tres son sentidos exploratorios: la vista, el oído y el tacto. Todos tenemos un canal exploratorio más desarrollado. Cuando tengo que consolar a un niño de tacto, lo abrazo, porque solo así se va a tranquilizar. Hay otros niños que necesitan que les cantes y otros que demandan el contacto visual”. Este ajuste emocional es esencial para que la expresión del afecto acompañe el proceso de crecimiento y es parte esencial de la crianza positiva.

“La afectividad consciente es una obligación en la crianza de los niños. Es la garantía de un entorno protector”, afirma.

Espacios de encuentro

Gabriela, Marisa y Victoria son integrantes del equipo técnico de los Caif Tranvía del Oeste (en Santiago Vázquez) y Verdisol, que forman parte del servicio de Fortalecimiento Familiar que Aldeas Infantiles brinda en Montevideo.

“Trabajamos desde el vamos con las familias. Así se construye una relación de diálogo en la que media la palabra”, comenta Victoria. Tanto en el programa Experiencias Oportunas (para niños de 0 a 2 años) como en inicial, el intercambio con los adultos referentes y el apoyo en el fortalecimiento de sus capacidades de cuidado es fundamental.

Rescatar los aspectos positivos y las potencialidades de los adultos que cuidan es esencial para garantizar la confianza y promover el diálogo. “Cuando siempre estás llamando a los padres porque hay falta de límites o hay determinados problemas, los padres no quieren venir más porque ya saben lo que les vas a decir,” afirma Marisa. Es por esto que el equipo evalúa una a una las situaciones de cada niño y realiza devoluciones a cada familia, destacando las buenas prácticas y conversando acerca de aquellas que es necesario modificar.

“Es sumamente positivo aprovechar estas instancias para empoderar a aquellas familias que han hecho buenos procesos con muchas dificultades y fortalecer aquellas que tienen buenos recursos, que a veces no son tan conscientes de eso”, agrega Victoria.

A pesar de que la Ley 18.214 de Integridad Personal de Niños, Niñas y Adolescentes sancionada en 2007 prohíbe a padres y responsables del cuidado utilizar el castigo físico o los tratos humillantes como forma de corrección y disciplina, según las técnicas el castigo físico todavía está instalado y naturalizado.

“Hay que hacer un trabajo de sensibilización muy fuerte para romper con esas concepciones y mostrar otras nuevas”, comenta Gabriela.

“Muchas veces está instalado que como son chiquitos no se van a acordar. Es importante problematizar esto con las

familias. En los primeros años de vida, muchas cosas se cristalizan y se instalan y después es más difícil modificar prácticas de crianza o conductas que no son esperables”, añade Victoria.

Otras dificultades tienen que ver con la lactancia prolongada, los apegos desorganizados y la puesta de límites. Con cada familia se trabaja de manera distinta. Con algunas funciona ponerlo en palabras en una entrevista, con otras hacer una representación de la situación y analizarla a partir de allí, en otras ocasiones se muestran audiovisuales vinculados al tema o se utiliza un juego de mesa creado especialmente para trabajar estos aspectos.

El trabajo a partir de lo vivencial es fundamental para los equipos de los Caif, ya que consideran que desde la experiencia muchas veces “se puede comprender más y mejor”, además de que destacan que hay una necesidad de tener espacios de encuentro.

“Desde el Caif se ofrece un espacio de confianza”, señala Marisa. “Y sin juzgar o hacer juicios de valor. Siempre intentando construir desde lo positivo”, complementa Gabriela.