Entrevistas

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Derribar muros de silencio

Mónica de Martino es doctora en Ciencias Sociales. En 2017, con el apoyo de la Comisión Sectorial de Investigación Científica (CSIC), el programa Cercanías y las organizaciones Aldeas Infantiles y Vida y Educación, realizó la investigación Visibilizando la paternidad adolescente. Orientaciones y reflexiones desde la experiencia adolescente.

Conversamos con ella la sobre la complejidad que reviste el embarazo a edades tempranas y la invisibilización de la paternidad en la adolescencia.

 ¿Cómo surgió el interés por el tema de la investigación?

Mi interés no estaba estrictamente atado al tema de la paternidad en la adolescencia, sino más bien en la construcción de las masculinidades. Hice mi postdoctorado sobre ese tema en la Universidad Federal de Santa Catarina. Posteriormente, y viendo la ausencia de un enfoque desde la perspectiva del embarazo adolescente, es que comienzo a definir mi preocupación teórica en términos de masculinidad y paternidad adolescente, asociado a la ausencia del padre adolescente varón. Si bien es cierto que la mayoría no asume su paternidad, muchas veces es porque no sabe que es papá. Otras veces, el adolescente lo sabe y huye.

Lo cierto es que hay un manto de silencio, un “muro de silencio”, como dicen algunos autores, sobre el adolescente en ese proceso que va desde el embarazo hasta que nace el niño. No era un tema trabajado en Uruguay. Por lo tanto, presentamos un proyecto de investigación a la Comisión Sectorial de Investigación Científica (CSIC), avalado por el programa Cercanías, y las organizaciones de la sociedad civil (OSC) Aldeas Infantiles y Vida y Educación.

¿Cómo fue el proceso?

Se entrevistó a 11 varones y 8 mujeres. Entre los técnicos, mantuvimos entrevistas con todos los referentes y un equipo de campo de Jóvenes en Red, técnicos de campo y supervisores de las OSC y mandos medios de Cercanías.

El objetivo era recoger experiencias de adolescentes varones y sus parejas en torno a cómo se construye la masculinidad y la paternidad en la adolescencia y en la pobreza. Como no tenemos una visión dicotómica del género sino relacional, eso nos llevó a entrevistar también a adolescentes mujeres, porque la chica te da su visión de la masculinidad y la paternidad que ejerce su compañero, y el compañero te da su visión de sí mismo y del género femenino.

Esto no fue un censo. El censo te muestra lo abstracto, pero no te dice sobre las experiencias humanas. Nosotros tuvimos una muestra de 19 adolescentes. De la experiencia podés sacar reflexiones, porque esas experiencias también van a estar presentes en otros adolescentes.

¿Desde qué punto de vista ve el mundo adulto al embarazo en la adolescencia?

En Uruguay, cuando se habla del mal denominado embarazo adolescente, se habla del embarazo en la pobreza. No se está hablando del embarazo adolescente en otros sectores sociales en los que existen mayores recursos materiales, afectivos, subjetivos porque no llega a constituirse como un problema social que necesite el respaldo de estar integrado en una agenda pública.

Siempre fue pensado desde el llamado Modelo del año 34 * como un problema sanitario, médico, de riesgo. Era la síntesis de problemas de salud y problemas sociales asociados a la pobreza, a la promiscuidad sexual. Eso llevó a que fuera punido, castigado.

El embarazo quedó como responsabilidad básicamente de la joven. Ecuacionar el embarazo en la relación hombre-mujer en la adolescencia y en la pobreza me pareció que podía aportar otra perspectiva.

¿Cuáles son las visiones de los adolescentes con respecto a la paternidad y la maternidad?

Hay autores que dicen que el padre está cargado de estigmas. En quienes entrevistamos, notamos una preocupación por mantener, y a veces lo único que hacen es comprar los pañales, porque no les da para más. Y viven con los suegros. Solo dos parejas vivían de manera independiente, y las dos mujeres trabajaban. En esas parejas se notó que las funciones parentales estaban más compartidas, así como las actividades cotidianas. Cuando hay una inserción en el mercado laboral más estable y permanente, hay una organización familiar que les permite más independencia aun dentro de la pobreza.

Hay que masculinizar el embarazo, porque ha sido altamente feminizado y colocado sobre los hombros de la mujer y de la familia de la adolescente. La familia del varón participa como puede o directamente no participa. Parece que el varón sigue siendo “hijo de”, cuando en cambio la adolescente pasa a ser madre.

La chica, por más que se la reconozca con mayor responsabilidad, no pasa a ser una adulta: sigue siendo una adolescente. Se la reconoce con mayor responsabilidad a costa de que no estudie ni trabaje: se la cercena. Es un discurso falso decir “te doy otro reconocimiento pero el costo es no podés estudiar o trabajar. Te doy otro status, pero es un status subordinado”.

Los adolescentes distribuyen sus roles de forma conservadora: tu trabajá, tu cuidá. Pero en la pobreza, al adolescente que consigue trabajar (con changas o trabajos inestables) no le da para mantener a su hijo. No es proveedor, y ahí aparece la frustración.

¿Qué prejuicios o visiones estereotipadas es necesario desarticular para poder abordar este tema?

El embarazo en la adolescencia no es un problema. Ellos no lo viven como un problema. Es un problema para la agenda política porque es la reproducción de la pobreza. El problema son las condiciones de vida.

En la adolescencia, no todos los embarazos son errores, no todos los embarazos son no intencionales. Muchos son deseados, y los niños a veces son necesitados, porque tienen un sentido. El hijo salvador, el hijo que me ordena, el hijo que me da un lugar.

Hay que desentrañar bien las situaciones para definir políticas sociales a cada población. Es diferente trabajar con una adolescente que tuvo un hijo que no quería pero que por el mandato cultural no interrumpe el embarazo y no lo da en adopción que una pareja que tuvo un hijo, esperó dos años o tres, calculó la edad del primer hijo para tener el segundo. Tenemos que tener políticas diferenciadas.

Son adolescentes que decidieron tener sexo, no usar métodos anticonceptivos, no interrumpir el embarazo y no dar en adopción a su bebé. Hay cuatro decisiones. Tenemos que respetarlas y trabajar con base en eso. Es todo un desafío comprender esto, saber que hay un grupo poblacional que seguirá teniendo hijos porque hay un deseo. Habrá que trabajar con ellos un proyecto de vida no sustitutivo de la paternidad o la maternidad, sino complementario.

 
 

*Refiere al Código del Niño de 1934.